En el límite de lo decible se encuentra lo no dicho, lo no pronunciado, lo que permea al discurso pero tiene su propia necesaria grafía. Ese es el conflicto ambiental que deseo, al menos, intentar esbozar. Claro, intentar es reconocer en primera instancia una limitante de base: como las herramientas son del pensamiento y aunque la guerra se gane a pensamiento, ese pensamiento es siempre de bordes, cayendo en ocasiones por el costado instrumental y mecanicista, en otras por los bordes de la belleza ambiental latinoamericana.
La idea de que detrás del discurso existe otra cosa indefinidida no tematizada es tan lejana en la historia del pensamiento occidental como los cimientos mismos de la racionalidad todopoderosa. Es en la misma Grecia donde los sofistas jugaban a imaginar mundos posibles desde los intersticios del decir. Es también allí donde la toma de la palabra era poder, y el poder era de quienes habitaban como ciudadanos. Y los ciudadanos eran pocos. Y las voces de los “otros” no tenían palabra. Pericles imagino la primera forma de institucionalizar la institucionalidad de la cosa pública dando por sorteo la responsabilidad de ejercer los cargos “políticos”, asignándoles a quienes los cubrían durante el tiempo que lo hicieren un ingreso similar al que obtenían en su actividad privada y poniéndole término a esa participación. Pero la palabra solidificaba el poder y eso lejos de ser discutido era afirmado por reglas, por canales, por métodos y procedimientos.
¿Hasta qué punto este nuestro lenguaje es nuestro discurso? ¿Cuánto puede independizarse el pensamiento del discurso, de la palabra? Huelga decir que nombrar es traer a la existencia las cosas. Nuestro universo simbólico esta sesgado por la forma en que lo ponemos en común, y eso es nombrarlo. Lo hacemos existir en el mismo acto que le imprimimos una gramática con sus correspondientes reglas sintácticas. Ayer vista como una aglomeración de hombres, materiales, proporciones, formas, combinaciones: hoy nombrada arquitectura de ciudades. A estas alturas de la historia es difícil imaginar el mundo de los posibles fuera del lenguaje, allí donde solo pareciera poder acceder el pensamiento desterrado de la racionalidad instrumental, allí donde la poética de la belleza exceda el lujo de la matematización de la naturaleza y su más oprobiosa expresión reunida en la “proporción aurea”, allí donde el arte puede soñar los mundos de la desmesura.
La idea de que detrás del discurso existe otra cosa indefinidida no tematizada es tan lejana en la historia del pensamiento occidental como los cimientos mismos de la racionalidad todopoderosa. Es en la misma Grecia donde los sofistas jugaban a imaginar mundos posibles desde los intersticios del decir. Es también allí donde la toma de la palabra era poder, y el poder era de quienes habitaban como ciudadanos. Y los ciudadanos eran pocos. Y las voces de los “otros” no tenían palabra. Pericles imagino la primera forma de institucionalizar la institucionalidad de la cosa pública dando por sorteo la responsabilidad de ejercer los cargos “políticos”, asignándoles a quienes los cubrían durante el tiempo que lo hicieren un ingreso similar al que obtenían en su actividad privada y poniéndole término a esa participación. Pero la palabra solidificaba el poder y eso lejos de ser discutido era afirmado por reglas, por canales, por métodos y procedimientos.
¿Hasta qué punto este nuestro lenguaje es nuestro discurso? ¿Cuánto puede independizarse el pensamiento del discurso, de la palabra? Huelga decir que nombrar es traer a la existencia las cosas. Nuestro universo simbólico esta sesgado por la forma en que lo ponemos en común, y eso es nombrarlo. Lo hacemos existir en el mismo acto que le imprimimos una gramática con sus correspondientes reglas sintácticas. Ayer vista como una aglomeración de hombres, materiales, proporciones, formas, combinaciones: hoy nombrada arquitectura de ciudades. A estas alturas de la historia es difícil imaginar el mundo de los posibles fuera del lenguaje, allí donde solo pareciera poder acceder el pensamiento desterrado de la racionalidad instrumental, allí donde la poética de la belleza exceda el lujo de la matematización de la naturaleza y su más oprobiosa expresión reunida en la “proporción aurea”, allí donde el arte puede soñar los mundos de la desmesura.
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